5 de julio de 2009

Me borro con borrador

Sí, por unas semanas me sfumo.

Deséenme lo mejor, si se puede.

14 de junio de 2009

Body & Soul

A casi cuarenta años de su fallecimiento, Eleanora Fanan Gough, conocida artísticamente y para la posteridad como Billie Holiday, fue una de las voces más populares de Jazz and Soul en los inicios y mediados del siglo XX, una voz abrumada y cautivadora que aún genera sensaciones distintas mediante un repertorio más que provocativo y tenaz en la historia de la música contemporánea. Y es, a propósito de la vanguardia y el sentimiento de Lady Day, que comentaré una historieta argentina lanzada en el año 2007 y que homenajea y tributa los aportes musicales de esta señora, empleando la imagen difusa como recurso esencial para producir un climax que asemeje el de aquel ambiente festivo y angustiante que envolvió la vida, casi en su totalidad, de esta afamada intérprete.
La biografía se halla aquí organizada y gesticulada de un tirón, como un soliloquio deshinibido; las más audaces experiencias en medio de este ambiente extravagante que caracterizó al febril jazz norteamericano; los desvaríos suicidas de la protagonista y su terrible desventura con los hombres: la más sustanciosa narración acerca de los 44 años que vivió Billie es expectorada por el guionista Carlos Sampayo y el dibujante José Muñoz en 56 trepidantes páginas donde el blanco y negro no la hacen más que correr y vibrar, testimoniar estruendosamente, cual aparatoso concierto límpido de saxo.
Y es ése quizás uno de los mayores atractivos que hallamos en este breve relato biográfico: el hacernos avizorar los gestos intensos de la improvisación rodeados de rostros pálidos, los cuales se nos definen por líneas muy sencillas donde el claroscuro es el elemento que nos sujeta a los síntomas tan anhelados de esta historia de por sí retro. No en un modus Caravaggio ilustrado a la moderna, pero sí un Hooper desnudando la musicalidad de la noche, sea cruento el entorno o no. La estructura narrativa, con tales atributos visuales, ya no ha de requerir otra secuencia más que la ya explicada, el rhythm and blues, la vaporosa necesidad sensualista del decir heterogéneo, con una cantidad intencionada de flash backs, y con el ánimo por hacer del centro de la obra no sólo a la Billie humana y trastabillante ante el dolor mundano, sino a la Billie hecha música por la mera aceptación de la tragedia inexorable.
Aflorando el combate que libra el individuo contra el mundo ancho y ajeno en que se asume la existencia sin más, las tentativas autodestructivas y el desahogo se mezclan para ser entendidas con cada canción como un termómetro sensorial. Desde sus inicios como prostituta degradada por el abandono paterno, la historia se zambuye en lo periodístico parcialmente: las cirscunstancias de Billie son revividas para la publicación de un artículo en un diario de dudosa importancia, sin embargo, la amarga combinación de recuerdos y la más neta subjetividad de los implicados inmiscuye a más que un simple periodista en la reconstrucción de los hechos.
El valor de esta historieta puede sustentarse en ello: el abandono vivido y el autoabandono mismo resultan una impronta de identificación moderna. No existe un personaje sufriendo una tragedia emocional y un espectador o varios relamiéndose en el hecho artístico y ético, sino que la tragedia existe por demostrar esa cualidad correlativa, lo inevitablemente colectivo de la destrucción.
Si se hubiera de entender, dentro de muchos casos del mundo de la música contemporánea, a la misma Holiday como un precedente del beat, tal vez se caería en una categorización demasiado suspicaz. Indiscutible es su influjo sobre otros artistas (Janis Joplin, la más amplia heredera que se conozca), indiscutible también el fino lenguaje musical en el cual aplica tanto su visión ahíta de explícita catarsis, además de la languidez y la tesitura de su peculiar voz, muy por el todo femenina. Es necesario comprender que tal como muchos artistas observan su degradación por el encandilamiento de la creación, también poseen la conciencia de la trascendencia en el doloroso acto creativo. "Aún ahora hay gente que espera algo de mí. De mi voz atrapada en discos", dice, segura de los resultados.
El tratamiento de este relato gráfico comentado apela, a modo de revisión, a los crímenes continuos de la sociedad, a la existencia sometida a una amargura generatriz, el vacío y el relleno, el despojo y la alternativa, la destrucción y las salidas, partiendo de una intolerancia inaudita contra el ser como artista, y muchos peores casos si de los ciudadanos civiles se trataba. El apasionamiento y la exploración de la Holiday anda y desanda sobre este caos cruel que se les obliga a vivir (para el caso de los negros en la aún lastrada sociedad discriminatoria de los Estados Unidos), en tanto que el amor contrariado pase en esta visión como una forma de degradación que la artista abordó mucho más. Temas en vínculo con esto, y por demás insuperables como Strange fruit, o I'm a fool to want you, tanto como la famosa Body and Soul, nos mantienen la idea talvez inquebrantable de que una Billie Holiday, con tanto "cuerpo y alma" por transmitir así de vigorosos, difícilmente habrá de repetirse.

30 de mayo de 2009

Barrotes indistintos

¿Cómo deberíamos de ver con estos ojos acaso externos las medidas del juicio moral colectivo? ¿Cómo ha de seguirse entendiendo la aplicación ciega e inexorable de la justicia? ¿Y las relatividades de un comportamiento ante el encierro indefinido? ¿Qué hay de las leyes vitales a veces respetadas? Pablo Trapero quizás retuvo algunas preguntas básicas como éstas antes de planear su certero filme Leonera, una producción argentina que provocó notorias críticas dado su alto contenido ético.
Julia Zarate es una vulnerable estudiante universitaria que trabaja y vive junto a su novio Nahuel. Una mañana Julia despierta manchada en sangre, con el cadáver de Nahuel en el departamento, y con el cuerpo herido del amante de este último, Ramiro. A raíz de este crimen, del que se desconoce el autor, ambos son encerrados dados los testimonios incongruentes y contradictorios que manifiestan ante la policia. La mirada atenta del espectador se pierde de pronto en medio de la tragedia de Julia, que es narrada por imágenes casi silenciosas en una linealidad envolvente y mortificante.
Julia es joven, silenciosa y vulnerable, y se ve más vulnerada que nunca al hallarse en cinta tras haber ingresado en prisión. En medio de una situación degradante entre su novio y el recién llegado amante, sumando el abandono de su madre cuando era muy pequeña, Julia se sume en la aparatosa disgregación de un animalillo emparentado con su tragedia y con los dolores iniciáticos de un hijo que no desea y al que golpea transmitiéndole su desdicha. Y es que tal vez no me equivoque, pues eso habrá de verse en lo que resta (o quizás desde que inician las imágenes): animalillos ensimismados y animalillos enfurecidos.
La metamorfosis parece no haberse planificado o acordado entre el lente límpido del director con el espectador, o entre los mismos movimientos de los intérpretes. Existe en la película una sensación de asfixia y de monotonía, como si la máscara embaucadora se hubiera instalado en el rostro de este mundo representado y, más aún, como si en el fondo ya existiera esta pared hermética de ahogo emocional. Empezar con este cuadro del rostro desencajado de Julia, maquillaje corrido y sangre en sus pómulos, después de oir el delicado y cuestionante tema infantil de los créditos es para respirar y decir: "esto es una jaula visual, sin duda". O el hecho nada remoto de la parsimonia de Julia ante las barricadas de libros en sus estantes, donde trabaja, o el letargo frente al vidrio húmedo del bus; qué más decir, un anticipo en la cotidianidad atosigadora misma.

Es un recurso permanente y agobiante el de apreciar a Julia en una interrogatorio común y repetitivo; el repetir y repetir su nombre y apellido, nombre de la madre, nombre del padre, y, con su advenimiento, el nombre del heredero de su desventura, Tomás. La protagonista no actúa con la libertad del novio aquel, ahora desaparecido: sigue unida a la insaciable voracidad de la ley, el elemento opaco que la controla (los controla) y la sume en la agonía de transmitir su desecha integridad con la fiereza de una leona. Y es así como apreciamos a estas insospechadas criaturas dentro de estos fronterizos espacios tras los barrotes. Leonas en una leonera donde o se duerme o se afronta.
Trapero no añade un patrón de crítica o algún tinte de sobreestimación con sus personajes. No existe un resquicio de enjuciamiento, no degrada las escalas de supervivencia en esta naturaleza limitada; simplemente se es, humano o animal, la ambivalencia es el concepto a contrastar, y si no, a disfrutar.
Logran espectarse escenas breves, lúcidas y enfáticas, en un torrente frenético donde el factor femenino no abandona el eje central: la desesperación, el tedio, la furia incontrolada; el "fuego" en esas pieles curtidas y rasgadas a navajazos; la sensación positivista de hallarse ante colores casi industriales y frios, en donde la calidez de gamas nunca habrá de identificar a este ambiente único de la penitenciaría como el lugar donde madres y niños podrán aparentarnos su alegría multicolor. Leonera no es una sumatoria visual de los límites del encierro, sino el encierro mismo no-visualizado en la vida cotidiana.
El elemento lúdico de la vida sujeta a la norma y a la convención están presentes también en el notable trabajo de fotografía. El del pequeño "cachorro" (Tomás) trepando y jugueteando en los barrotes mientras su carcelario lo mece resulta un juego recíproco de conceptos donde humanidad-animalidad-conflicto se dan la mano meritoriamente, en tanto imagen.

Apoyado en la actuación y desenvolvimiento de Martina Gusmán, y con una labor fotográfica aceptable, Trapero entrega una cinta inusual y contundente, con ideas enhiestas pero entregadas con una convicción enunciacitiva, y no de afirmación moral incisiva. Leonera llega al espectador sin la impulsividad de Carandirú o la sofisticación dolorida de El beso de la mujer araña (ambos filmes carcelarios de Héctor Babenco), Leonera usa como artificio la depuración sintomática de la imagen (no la palabra) para arremolinar las conclusiones del espectador, y recibir como retribución el aislamiento del juicio de la protagonista, con el resultado confuso de si tal vez se podrá prescindir de más de un personaje, o para comprender si realmente el sueño de la tirana sinrazón genera monstruos.

[Nota] La película puede ser vista completa en la siguiente página. Para los interesados en apreciar el trailer de la película, hacer clic aquí.

25 de mayo de 2009

Ese vagar sin rumbo por nuestra MAYÚSCULA AMÉRICA

"El hombre en nueve meses de su vida puede pensar en muchas cosas que van de la más elevada especulación filosófica al rastrero anhelo de un plato de sopa."
Es ésta sólo una minucia de muchas afirmaciones que me encontré con emoción al leer de modo pausado el texto Ernesto Che Guevara. Mi primer gran viaje, un libro de memorias, llámesele más oportunamente diario, en el cual este personaje, ahora consagrado en la nueva historia de América Látina, ha impregnado sensaciones vivas de ésas que nos invaden durante la juventud y en adelante. Y es que se puede ser joven más de lo previsto si no cercenamos estas actitudes y concepciones que, mal no está afirmar, nos hacen inmortales ante el perenne proceder histórico.
Me ha sido de un gran placer decodificar estas vivencias de meses como un extenso itinerario submarino de Julius Verne o como una sagrada épopeya india, obvio, sin querer menospreciar toda expresión corolaria humana. Estas notas de viaje ayudan a comprender una mentalidad en formación de modo paulatino, aquel vínculo cultural obligado que desea mostrar Ernesto mediante experiencias continuas, el abandono de un entorno, el ingreso a otro adverso, cruel por donde se quiera interpretar, y que intentará asimilar y registrar para en un futuro aplicar y teorizar como hombre de hechos y de sensibilidad. Es esto lo primero que podríamos inferir de tanta confesión y desahogo, pues es notorio que ante un viaje de ocho meses, en compañía de un incondicional y apoyado fundamentalmente de una problemática y fiel motocicleta, la necesidad calaría también en este personaje allegado cada vez más a dolores y carencias universales.
Es necesario explicar la familiaridad que uno entabla con el texto, pues en las cualidades del diario y en la coloquialidad del autor uno halla una suerte de ADHESIÓN a las palabras, inundantes, atrayentes en cada línea: en conjunción, una puerta desconocida que guarda recuerdos de nuestras insospechadas debilidades de seres humanos en medio de la barbarie detonante llamada REALIDAD. Es quizás el valor agregado que rodea a este texto, el calor que no mengua ninguna de las confesiones y hasta chiquilladas a las que incurrían Ernesto y, sobretodo su compañero de viaje y gran amigo, Alberto Granado, con el objetivo de escapar de una situación de hambruna. Leo con simpatía en los inicios del Diario:
"El pan tenía un sabor de advertencia: “Dentro de poco te costará comerme, viejo”. Y lo tragábamos con más gana; como los camellos, queríamos hacer acopio para lo que viniera."
Es notoria la urgencia de reconocimiento que muestra cada capítulo del diario, copiosamente amalgamado de personajes anónimos en cada ciudad recorrida, cuyo registro abocó ocho meses de impudicias y galanteos juveniles por tierras variopintas de Sudamérica, desventuras y caídas por las carreteras desgastadas del populoso subcontinente de los cincuentas que ofreció durantes largas semanas de penurias y friajes la promesa de aprendizaje para estos dos estudiantes practicantes, henchidos de ideas políticas de izquierda. Destacan de tal modo, con gustoso compromiso por parte del autor, estas ansias de reconocimiento del que entra en las insondables limitaciones de la adultez, y más aún, enfrentándose a la renovada experiencia de asumir tierras baldías y misérrimas como las propias.

La primera parte del libro es una sabrosa descripción de esta reciente experiencia para un hombre apenas llegado a los a los 22 años y que de pronto necesita reconocerse o ubicarse en aquella alteridad de la que el hombre contemporáneo huye. Ernesto aprecia el dolor del hombre andino, el rostro anónimo del enfermo, del leproso, del necesitado, del ser humano per se como en un espejo: siempre requerimos de ver algo en nosotros, algo que está lejos de nuestras manos, pero muy cerca del otro. En este tipo de especulaciones se zambuye para expresarlo en doscientas páginas de reflexiones y reflexiones. Ciertamente este hombre, que luego pasaría a confrontar batallas más frontales con la hostil realidad, no sólo se sumergía en sus elucubraciones sin extrapolar lo que él percibía del resto. El Che contrastó sus ideas haciendo también de este viaje un recorrido por los idearios histórico-políticos de muchos hombres que, como él hizo posteriormente, emplearon también la tinta y el papel como un medio de lucha. Un caso ejemplar, además de la conocida influencia que tuvieron sobre él las ideas de José Carlos Mariátegui, es la paráfrasis que hace del Inca Garcilaso intentando alimentar a sus itinerarios transcritos de una explicación subordinada al saber antiguo del escencial cronista:

"Al llegar los españoles como conquistadores a la región, trataron inmediatamente de extirpar esa creencia y destruir el rito [el de ofrendar el indio una piedra símbolo de sus penurías a la Pachamama], con resultados nulos; los frailes decidieron entonces “correrlos para el lado que disparan” y pusieron una cruz en la punta de la pirámide. Esto sucedió hace cuatro siglos (ya lo narra Garcilaso de la Vega), y a juzgar por el número de indios que se persignaron, no fue mucho lo que ganaron los religiosos. El adelanto de los medios de transporte ha hecho que los fieles reemplacen la piedra por el escupitajo de coca, donde sus penas adheridas van a quedarse con la Pachamama."

Tan igual como esta expresión, el Che demuestra un gran cariño por el Perú durantes estas andanzas, en específico durante los meses de marzo hasta junio antes de partir a Colombia y Venezuela en donde concluirían sus primeras peripecias por el continente. Queda, de igual modo, una gran insistencia en relación a la situación de explotación del hombre andino rural. Dice en el capítulo Tarata, el mundo nuevo:

"A las cinco de la tarde nos paramos a descansar, mientras observamos indiferentemente la silueta de un camión que se va acercando; como siempre, se dedicará al transporte del ganado humano, que es el negocio que más da. [...] Los personajes, ataviados en la misma forma original que los del camión, están ahora en su escenario natural; visten un ponchito de lana ordinaria, de colores tristes, un pantalón ajustado que sólo llega a media pierna y unas ojotas de cáñamo o cubierta vieja de automóvil. [...] Sus miradas son mansas, casi temerosas y completamente indiferentes al mundo externo. Dan algunos la impresión de que viven porque eso es una constumbre que no se pueden quitar de encima."

Sus descripciones en el capítulo posterior llamado Cuzco a secas culminan de la manera en que líneas antes describen al mismo indio que padece y que, a pesar de insertarse en un medio social de tipo local, igual padece y resiste:

"Las facciones semiindígenas del encargado y sus ojos brillantes de entusiasmo y de fe en el porvenir es otra de las piezas del museo, pero de un museo vivo, mostrando una raza que aún lucha por su individualidad."

Es indispensable recurrir a este fuente inicial dentro de la obra intelectual del Che Guevara si se desea emprender una lúcida y ordenada ruta por los subterfugios de su pensamiento a lo largo de su activa vida política, además de poder así hallar las razones y los alicientes que fueron motivando su futuro vínculo con las ideas reivindicativas del siglo XIX y XX, y por qué en la actualidad se le considera un personaje emblemático de éstas. Es obvio que todo lo plasmado aquí conlleva, en lo personal, a una segunda revisión de estos textos juveniles, y a reanudar el análisis de mayor bibliografía relacionada directamente con el autor de interés. Autor lo suficientemente consecuente, claro, para ser debatido como portador de ideas políticas y como actor de cambio y de ejecución; algo que no se realizó en esta reseña por no tener entre las manos un testimonio de su autoría lo sustancialmente consolidado.

Quien redacta todo esto se abocará a la labor de revisar con mayor tesón la bibliografía antes mencionada para retomar este tema que, bien deseo que quede aseverado y entendido, conviene detallar por no solamente tratarse de un ente propulsor de ideas equitativas, sino por tratarse de un consecuente actor con miras de renovación y sensibilidad en nuestra desgastada América Latina.