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5 de agosto de 2009

El sueño de las muñecas

Cuando pude apreciar por vez primera esta tremenda película de Alain Berliner, apenas tenía trece años. Y digo “tremenda” por la repercusión que –debo decir- provocó en mí. Hace más de un año he vuelto a verla (sin el incómodo doblaje de aquella vez y con una mentalidad distinta a la de aquel púber que era) y admito con zozobra el modo tenaz con que debe asumirse la tarea de ser padre o madre. Intentar ser por unas semanas aquellos desorientados Pierre o Hanna no es algo que logre tomar como una cuestión extrema de práctica o de mucha intuición. La de un persistente Lúdovic mucho menos aún. Ma vie en rose retrata a un niño, a una familia, a una sociedad, y a la larga de mostrar los “declives” de la identidad y mostrar una supuesta problemática, va mucho más allá de ello.
Lúdovic tiene siete años, un padre y una madre comprensivos y bondadosos, y unos hermanos mayores bastante normales. Un día Lúdovic descubre que desea ser una niña para poder casarse con su compañero Jerome, y vaya que dicha visión alterada del protagonista le acarreará serios inconvenientes. En un inicio, Lúdovic será comprendido por su madre y su abuela, quienes verán en estos anhelos del niño un juego de identidades que habrá de culminar pronto. Pero las inquietudes irán demostrándose de manera más explícita. Lúdovic no se despojará de sus hábitos de ponerse ropa de niña, jugar con muñecas o de insistir en su decisión de contraer matrimonio. Progresivamente estos desvíos llamarán la atención de un entorno todavía hostil que buscará alejar el perfil errado que manifiesta este niño.

A tientas, ya en los inicios de esta película, notamos una clave estandarizada de la vida familiar. Un medio social muy típico de los noventas; familias de clase media en un frio barrio casi moderno donde deberías “temer de llegar y equivocarte de casa” (en términos de la abuela). Ma vie en rose, desde sus primeras escenas (desde los créditos, incluso, mostrando planos de la mansión de la muñeca Pam) nos transporta a una ciudad de luz tenue donde todo se supone normal y debería verse así: como un globo terráqueo de colores primarios. Entre psicodelia y baladas pop del momento, aquellas fiestas de recibimiento en el barrio nos exhiben hogares muy variopintos, desde el del empresario paternalista y ultraconservador, hasta el del liberal americanizado. Planos de parejas ascendentes que desayunan, se besan, o se preparan para salir, y en las que afables maridos suben los cierres de los vestidos de sus esposas. Todo un reality expositivo de lo “normal”.

Allí, donde emerge el rito cotidiano de la existencia, la unión y la reproducción, nace el sueño de Lúdovic. Hallar un hombrecito cortés y cariñoso con el cual cumplir su deseo multicolor del matrimonio. Verse bella en la ceremonia mientras sus desposorios hacen felices a sus seres más cercanos. Una creencia llena de fortaleza y que no decaerá a lo largo de las brillantes escenas que Berliner distribuyó en los 88 minutos del largometraje. Minutos en los que se apreciará a este niño (que por mucho nos parecerá inteligente y hasta coherente) indagar e incurrir en sus constantes preguntas insatisfechas para descubrir los inconvenientes que no comprende se interponen en tal deseo fervoroso de ser pronto una niña y ser feliz casándose con un niño. Ese buscar en las leyes extrañas que los adultos manejan del mundo (“la genética y Dios”, “el matamoscas y los maricas”) permite una ligera identificación con este personaje confundido pero, pese a la adversidad, bastante persistente.

Es necesario igual incidir en el conflicto mental que termina por someter la postura del espectador. Dadas las circunstancias que atentan contra la seguridad de la educación de Lúdovic, sus padres lo asisten con una psicóloga quien, al no hallar más solución en las terapias del niño, opta por declinar en su intento de comprenderlo y reinsertarlo en el sistema heterosexual que lo repudia. “Cuando seas grande podrás decir lo que piensas”, le aconseja. Sin embargo, mientras lo lleva donde su madre no tiene otra opción que enrevesar su posición: “La vida nos da miedo. A veces es necesario un buen susto”. Nunca se sabe con seguridad quién posee mayores temores en este cuadro ambiguo, si el desbocado presente de los demás, o el sueño evasivo del pequeño Lúdovic.

Ante los duros golpes del entorno que no los acepta, la madre no tiene otra opción más que la agresión en ciertas instancias. Aún el golpe más frenético de todos: la mutilación, el rasuramiento del cabello, resulta un acto que en un momento uno no se lo aguarda como espectador (recuérdese la paliza y el corte de los cabellos en Malena de Giuseppe Tornatore).

Ma vie en rose no es un alegato contra la fantasía del mercado, creo yo. En aquellas ensoñaciones, mucho más coloridas que el mundo real y de nuestra compleja sociedad, halla Lúdovic el último espacio de realización de su vida, así, en un brillante rosa de plástico. El sueño de Lúdovic, es sin males ni remilgos, un sueño de muñecas. Donde la fatídica obsesión de violencia no penetra, donde la atenuación del color no se presenta, allí, en la fluorescente mansión de una muñeca mágica, se halla el último lugar de concordia donde guarecerse.
Reflejo de un sólido guión, con actuaciones más que buenas, y un montaje y fotografía excelentes, esta primera obra de Berliner promete abrir buenos caminos para este tipo de cine, que desfigura los códigos morales y sociales disponiéndolos a una evaluación concreta en la que el espectador es motivado por la puesta en escena de un itinerario más que psicológico del recorrido sexual y la permanencia de la individualidad.

6 de febrero de 2009

Cosas que hacer antes de morir

Cuando aprecié hace algunos meses el conjunto de cortos Paris Je t’aime y, en específico, aquel con el cual Isabel Coixet contribuyó en este homenaje a Paris, quedé satisfecho sin más ni más. Aquella historia bien hecha sobre un matrimonio disfuncional que resurge ante las urgencias de una enfermedad terminal no redundó en diversos elementos para desgranar directamente el problema y sin ambages. Este corto, llamado Bastille debido al lugar donde se desenvuelve la escena, trae consigo una aplicación emocional y una ambientación que no exagera en sus recursos sino que compromete mucho a la reflexión. Es menester entonces extrapolar esta idea a una de sus otras películas que, en lo personal, me ha estremecido por su naturalidad y relevancia emotiva.
My life without me (en español Mi vida sin mí) es una de esas películas que no necesitan gritar a bocajarro el mensaje para atraernos magnéticamente al conflicto sobrellevado por el protagonista. En el filme, Ann (Sara Polley) es una común joven trabajadora que vive en una pequeña ciudad portuaria junto a su marido Don (Scott Speedman) y sus dos pequeñas hijas. La relación conflictiva con su madre y la carencia del padre, que se halla en la cárcel, son unas de las tantas pistas desperdigadas en un entorno de clase baja que no llama más la atención del espectador. ¿Cómo es que de pronto nuestra mirada se aguza? Pues justamente cuando la conducta de Ann de pronto encuentra un motivante para evaluar su vida en los últimos 23 años en que no manifestó ninguna gran catástrofe que le impidiera continuar de un modo normal su evolución como persona: el pronto e irreparable encuentro con la muerte.
Hasta allí no habrá más que ofrecer argumentalmente al espectador, si es que entendemos en la actualidad “argumento” como una serie de “sucesos grandilocuentes que el espectador espera sean narrados”. Como muchas propuestas de nuevo orden y naturaleza, Mi vida sin mí ofrece una visión de reflexiones y de hallazgos de un personaje abocado a sobrevivir pese a sus carencias, en un meollo frágil e inevitable de la-vida-para-la-muerte.

Existen escenas memorables y de gran refinamiento dentro de la película, partiendo de aquellas que nos relatan el trajín de una rutinaria Ann regresando en coche con su madre después de trabajar limpiando los ambientes de una universidad (a la que nunca ingresará), manteniendo frios diálogos con ella, recostándose luego en la cama junto a su desventurado y desempleado marido, quien toma con afán su pies para calentarlos con su propio aliento, o escenas aún más cálidas como la que nos acerca a su relación íntima y lúdica con sus dos pequeñas hijas. Todo aún sin develar las fatales inclinaciones que tomará el curso de la historia.

Cierto es que la actuación de Sara Polley es grandiosa por decir menos, afirmando su notoria empatía con el personaje de Ann envuelto en una serie de cavilaciones y planes para no desaprovechar ni un sólo minuto que le queda de aquellos dos meses que le ha dado por seguros el médico, y en los cuales desea agotar todas las posibilidades que estén al alcance de la mano, si es que éstas logran hacerle conseguir y descubrir unas nimiedades que, por pura necedad o crueldad por parte de la vida, no logró hacer como habría deseado:

COSAS QUE HACER ANTES DE MORIR

1. Decir a mis hijas que las quiero varias veces al día.
2. Encontrar otra esposa para Don que les guste a las niñas.
3. Grabar mensajes de cumpleaños para las niñas hasta
que cumplan los 18.
4. Ir juntos a Whalebay Beach y organizar un gran picnic.
5. Fumar y beber tanto como quiera.
6. Decir lo que pienso.
7. Hacer el amor con otros hombres para ver cómo es.
8. Lograr que alguien se enamore de mí.
9. Ir a ver a papá a la cárcel.
10. Ponerme uñas postizas (y hacer algo con mi pelo).

Esta necesidad férrea por cumplir estas experiencias resulta de un placer casi mórbido ¿qué haría yo en su lugar, sobreviviendo a mi futura muerte absolutamente solo y sin poder confiar en nadie, u ocultando ese gran mal que me corroe el cuerpo y absorviendo cada bocanada de aire como si me costara una millonada o en creces? Eso hará que cada milésima de experiencia, situación u objeto en particular valga, para el universo narrado, miles y miles de veces lo que vale en sí. Por ello es notoria una aplicación miniaturista por parte de la directora, lugares pequeños, personajes reducidos a espacios donde la intimación es más recóndita, más cercana, más calurosa y vivaz. Piénsese en el lugar donde viven Ann y su familia: una caravana en el jardín posterior de la casa de su madre; el auto donde tienen cita los encuentros amorosos entre Ann y Lee (un ávido lector de novelas); o la casa de éste que no posee ni un mueble por lo que deben hacerse pequeños asientos con montones de libros; incluso la pequeña mesa familiar donde Ann lucha por hacer comer a sus hijas (un elemento que me hizo recordar las mínimas mesas de restaurant en la filmografía de Wong Kar Wai), etecé… todo un mundo cargado de motivadores para el acercamiento y la intimación con los seres más allegados, pero en un entorno que acarrea el distanciamiento y el conflicto también.
En fin, quisiera expresar tanto más, pero la memoria se me hace un caos tratando de condensar tantas imágenes que cautivan y exponen, de modo sencillo, una visión, un modo de ver, si es que en el pecho te oprime el apremio de dos meses que están prontos a irse. Y es que si bien se van lentamente los días para Ann, el descubrimiento de una vida casi neutra y vuelta a descubrir suplanta acaso muchas experiencias pasadas que no tenían tanto valor si es que no son vistas con ojos de verdadero apego y necesidad a sentir lo que tienes y a sujetarlo con fuerza, que siempre habrá mucho que no podrás tener, y es tan difícil ceder a la idea de que deberemos dejarlo pasar pues es un hecho de que nunca seremos susceptibles a todo.
Una cinta recomendable en versión íntegra y con actuaciones espectaculares, tanto de Sara Polley como de la misma Leonor Watling (Hable con ella), o de la brazileña María de Medeiros (Henry y June) en el papel de una sensible y dubitativa peluquera. Un filme que, con la salvedad de muchos, incita en un lenguaje llano a las consideraciones más sencillas y reflexivas.

11 de enero de 2009

Un oscuro mar de temores

El encontrar a Gabita y a Juno unidas en algunas fotos editadas de internet no sorprende. Y es que es notorio que estos dos personajes comparten una analogía dentro de los filmes que en el pasado 2008 han generado controversia y espectación en filmotecas, cines y, sobretodo, entre los jurados internacionales. Temas como la condición de la mujer o la decisión de interrumpir un embarazo quedan palpables en este último título que llegó a mis manos: 4 meses, 3 semanas, 2 días, película realista y de recursos muy precisos gracias a la astucia fílmica del rumano Cristian Mungiu.
La historia se basa en un conflicto polémico a esta alturas, y que nos conduce a un acercamiento naturalista de los sucesos por el cual reconocemos el espacio descrito y las dificultades de un medio en el cual enfrentarse a la sociedad resulta una decisión más compleja de lo que se cree. Es tal la visión poco distanciada que nos ofrece el relato, acaso urbano acaso mórbido, que en principio no hallamos la manera de definir el protagonismo en alguna de las dos señoritas que invaden la primera escena de la película, Otilia y Gabita. El vínculo, el reflejo en la condición de ignorancia y soledad, y más aún el temor a las consecuencias en todo momento, las hacen dos síntomas definitorios de una misma patología, dos lados complementarios de una moneda ambigua. De tal manera intenta mostrar Mungiu el valor de la amistad. Las dos estudiantes en actos sincronizados relegan nuestra primeriza y desubicada mirada en un evento sin requerimientos ni previsión: la cotidiana luz invernal ingresando por la ventana que nos hace avizorar los preparativos de algo que, en primera instancia, supone un ejercicio inentendible e intrascendente.


Otilia está muy enamorada de su novio, con el cual, a pesar de las discusiones y los apremios económicos, mantiene una comunicación parca pero cercana, comprendiéndolos el espectador como seres urgidos de sensaciones de seguridad, principalmente. Bucarest entra así por nuestros ojos como seguramente lo observaban sus ciudadanos hacia finales de los años ochentas: fria, impenetrable, sin un ápice de seguridad para poder comunicarse sin temores. La represión de una política comunista dictatorial por concluir, implicaba igual el forcejeo con muchas oquedades dentro de la sociedad machista rumana. Esto pasa a verse en las duras bajezas que deberán soportar ambas compañeras para poder efectuar el aborto, así como también lo sufrirá Otilia en la cena de cumpleaños de la madre de su novio, junto con unos amigos de la familia que aún rozan y versan una retahíla de discuros paternalistas sobrevivientes en la Europa desgastada por la Guerra Fria.

El nulo acceso a métodos anticonceptivos; la vulnerabilidad de la mujer; el machismo y la reticente intolerancia; la efervecente prohibición y la necesidad de los ruinosos mercados ilegales; el déficit que sólo genera más explotación, y por ende más ilegalidad... toda una gama de tópicos actuales sumados a escenas escabrosas en las que el pellejo de los personajes se nos traslada y tensa gracias a silencios que no hacen más que trasmitirnos en cucharadas amargas la universalidad que envuelve a estos marginales seres que aún no hallan solución a su conflictivo y amordazado pesar.

Es una sensación palpitante y desenfrenada ésta de observar a Otilia con el mismo gesto de miedo y con mirada cautelosa midiendo cada paso con bocanadas heladas por las calles, mientras evita la persecución, o la cárcel en el peor de los casos, con el afán de ayudar a Gabita, evitar caer en el mismo orden de géneros con su novio, y empezar a sobrevivir con el secreto de una vida interrumpida y arrojada a un basurero, pero que quizás encontraría peor interrupción tras nueve meses en proceso: la de la libertad y la de la propia decisión. Observa por la ventana con desahogo o tal vez con rencor para, finalmente, esperar a que haya mar claro y abierto. Y así, poder decidir.