26 de abril de 2009

¡Plopazo! (ese que supuestamante ya no usaría)

Por motivos ajenos a nuestra voluntad (los de Sfumato y los de su conciencia en forma de gato albino) este blog suspenderá la creación de entradas por el lapso de una semana. Motivos acaso livianos, y que más suenan a floro académico, jerga profesional, chamullo personal quizás, igual ruego una ligera espera a mis pocos lectores recurrentes (que con esto disminuirán más en cantidad), y a los que vienen y talvez vendrán, en la medida de que esta semana entrante y la que ha pasado desde la última actualización son de acopio para las reseñas que vienen en camino, esperemos que interesantes y acertadas.
Efectivamente esta es una entrada con plop, y es que, aunque en las tiras estemos acostumbrados a hallar la palabrita anecdótica en el final, no hablaré de fin porque, en el pragmático modo de ver de quien escribe, no asoma aún la idea de deshacerse de esta bitácora para ventilar tanto pensamiento esfumado. Sin embargo, el que puede preservarse también de la crueldad de los relojes*.
[Nota] (*) Cita obligatoria de Salman Rushdie, pues. Chao.

11 de abril de 2009

El sonoro lamento de una corona

La accesibilidad que puede otorgar un filme en relación a la vida y obra de un artista contemporáneo es discutible. La proyección de imágenes y sónido en convergencia por demostrar las bondades del biopic de hecho genera controversia. ¿Y qué hay si de Jean-Michel Basquiat se trata? ¿Un artista definitivamente controversial y motivador para el rebrote obstinado de este género?
Basquiat, del director neoyorquino Julian Schnabel, intenta ser un filme alegre, incluso en los preámbulos de un final trágico (es decir el fin del propio artista, muerto por sobredosis de drogas en el año 88). De hecho, sucede que Basquiat es, en la cinta, un personaje hecho de las mismas salpicaduras de su aerosol: impetuoso, grotesco, un ser autodefinido pero acaso dubitativo ante la raigambre propia del mestizaje. Como se define él mismo también ante el nuevo periodismo del arte, es un "criollo", un elemento más en lucha en medio de las dimensiones de un arte que pone en riesgo el desarrollo per se del propio creador, un arte que no se atiene a la estricta regla contemporánea de l'art pour l'art. El personaje, absorbido por las drogas, la música, la revolución individual de los setentas, el consumismo del arte que aún vende por igual en los territorios de las galerías independientes, refuerza esta personalidad decidida hacia la creación dentro de un entorno que le favorece pese a las carencias económicas. Es que donde aún se pueda materializar el autoconsumo por medio de la moda, los graffitis o la música fusionada, habrá un campo donde desarrollar dicho cuerpo autótrofo.
Y a decir verdad, desde el inicio de este filme se encuentran los símbolos que determinan los cambios de la época y que inundarán a su vez el programa pictórico del artista en mención. No pretenderé, en este caso, detallar cualidades prontas del arte pop inicial porque Basquiat se nutre de varias raíces culturales, en tanto que hacer referencia además a los elementos funcionales de sus pinturas prolongaría en demasía esta breve reseña.
Un niño con una madre hipersensible a la creación artística, ¿qué mejor halaja podría percibirse en tal caso? Schnabel describe las vicisitudes con cierto júbilo, como expliqué antes, porque, en la medida de las circunstancias, una historia fascinante y triste puede ser contada incluso con carcajadas, o con rostros simulando un felicidad categórica, como en la estética kischt. No es para mayores interpretaciones si se aprecian con serio cuidado las imágenes del artista, recargadas de un lenguaje onírico pero con una honda sensación de permanencia. Eso estuvo en un toque necesario e implícito en la cinta, pero debió de haberse abordado con mayor seguridad y sin dubitaciones: quizás allí reside el saborcillo de plato costoso y grato, pero algo diminuto.
Desde este personaje con una seria obstinación por proyectarse en situaciones subjetivas o admirando el progreso de sus actos, en un inicio como artista musical, se prefiguran las visiones que luego plasmará mediante el óleo o el graffiti en reacción puramente verbal. Las alucionaciones de un cielo marino donde un hombre cabalga en las olas nubosas de la existencia, y en situaciones de riesgo de pronto cae, resulta en definitva una aceleración del pulso fílmico en busca del reconocimiento. No de la ilusión creada, sino del artista como navegante osado y desnudo. El personaje de Benny, gran amigo del artista, admite en su diario, generalizando incluso con algo de certidumbre: "Todo el mundo quiere subirse al carro de Van Gogh. No existe un viaje tan horrible que nadie quiera hacer".
Ante uno de los últimos alcances líneas antes, sería un error olvidar la calidad del mensaje que Basquiat deseba esgrimir en sus pinturas, no sólo definidas por la agresividad sugerida del síntoma colorido, sino también por la relatividad del texto, como una suerte de leyenda para autoanalizarse o desnudarse ante un público sincero o devorador, y de algún modo "cerrarle el pico a la nueva crítica". ¿Y qué hay de malo con esto o qué hay con el papel de la crítica de Arte? Si es que el avance de las proyecciones del arte como expresión han producido una diversificación en los modos de observar el arte, el modo de la crítica y del periodismo sobre arte también.

Esta ralentización está demostrada en la película sobre el modo en que la publicidad ha prestado parte de su jerga en pro del diseño de un nuevo modo de ver y de consumir. El snob, el periodismo de espectáculos vinculado al arte o la avanzada terminología de consumo se abren camino a finales de los setentas. Basquiat combate, en esta medida, etiquetas como el "negrito de la pintura" o el "Eddie Murphy del mundo del arte". En su osado trazo expresionista heredado de Pollock o la inserción del graffiti del mundo underground, Basquiat se propuso acaparar las miradas de quienes sólo apreciaban un arte de influjo europeo y de matices autónomas reacias al ingreso del mundo ajeno del académico, algo que también intentó Warhol pero con una sofisticación diferenciada que evitaba la politización del arte en proceso de liberación.
Qué otro modo habría para llegar más a fondo en relación a lo que se deseó enfatizar de Basquiat si no es con la historia, en fin, del pequeño rey que implora por salir del encierro del cruel mago haciendo un dulce y sonoro lamento con la corona chocando contra las rejas que nunca habrán de abrirse, pero que dejarán con el viento esa música encantadora de protesta. Hasta sus días últimos, Basquiat no abandonó la bohemia a la que se aferró. Su canto estuvo encendido, porque la inmensa corona resplandeciente (la herencia materna) nunca se la pudo sacar. El encierro está acompañado de una joya musical que nos recuerda nuestras bondades, pero también nuestra finitud.
Ya lo recuerda Pedro Almodóvar citando a Truman Capote cuando lee Manuela un prefacio del autor estadounidense a su hijo Esteban en Todo sobre mi madre: "Empecé a escribir cuando tenía ocho años. Entonces no sabía que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse".
Un filme acorde con las perspectivas contemporáneas del arte en el contexto de la liberación creadora de los sesentas y setentas. Los fanáticos de David Bowie o de Benicio del Toro hallarán unas actuaciones sobresalientes (sobretodo la gran similitud de Bowie con el artista pop Andy Warhol). Quienes hayan apreciado el posterior trabajo de Wright en Broken flowers con Jim Jarmusch, de seguro quedarán satisfechos con su trabajo asumiendo la personalidad de este bohemio e inquieto Basquiat.




[Nota] La cita de Capote proviene del libro Música para camaleones, uno de los autores de cabecera del director manchego.